
Si bella es Santa Sofía, tanto o más lo es la llamada Mezquita Azul, que aquí os dejo. Junto al Palacio Real y la ya citada Santa Sofía, forma un conjunto de ensueño a las orillas del Mar de Marmara, divisando Asia desde sus minaretes...
Que tal internauta, bienvenido a mi pequeña isla virtual, bienvenido a mi blog. Un lugar donde todo es posible.
De repente el ya familiar sonido de unos pasos firmes y rítmicos irrumpió al final de la calle; el mismo “tap-tap” que llevaba oyendo desde hacía más de dos horas siempre tras de sí.
La primera vez que reparó en él fué en unos grandes almacenes y sencillamente pensó que la observaba pícaramente; pero cuando media hora después de aquello lo reconoció en un vagón de metro en la otra punta de la ciudad empezó a inquietarse. Dejó el metro en la misma estación que ella y cuando lo buscó con la mirada, encontró la de él de frente, sonriéndole tras la solapa de su enorme gabardina gris.
A partir de ahí deambuló por calles y más calles, bajo la protección de su paraguas intentando despistarlo, preocupada al principio, aterrada después al ver que por mucho que lo intentaba no conseguía escapar de aquellos pasos serenos y rítmicos que la perseguían.
No podía ir a casa porque allí no había nadie, y no tenía las llaves. Maldecía el momento en que se las olvidó sobre la mesita de la entrada del piso que compartía con una compañera de trabajo.
Su paraguas había quedado en una papelera; hacía ya un rato que se había desprendido de él con la absurda intención de despistar a los pasos que la perseguían; “así no me reconocerá” pensó; pero para lo único que le había servido aquella maniobra era para empaparse por completo bajo la lluvia, porque los pasos seguían ahí.
Corrió después despavorida buscando callejuelas pequeñas y sinuosas en el corazón más oscuro de la gran urbe; corrió hasta reventar, pero los pasos seguían ahí.
Y ahí estaba ahora, destrozada, empapada y con ganas de vomitar. Apoyada en aquella descarnada esquina de una calle que no conocía, prácticamente vencida, escuchando como los pasos se acercaban infalibles, despiadados. La cortina de agua desdibujaba al fondo la silueta masaculina dueña de aquellos pasos. La silueta se acercó hasta que se convirtió en algo reconocible; su cara le era familiar, y eso la tranquilizó; por fin la gabardina dejaba ver claramente el rostro de su portador. Sí era el chico del super donde hacía habitualmente la compra. Ella sonrió al verlo; el hizo lo mismo.
¿Sabes? me has asustado mucho.
No hay de que asustarse. Solo quiero ayudarte a entender algo...
¿Entender algo? ¿el qué?
Entender que esto no puede seguir así, que no puedes pasearte por ahí con quien quieras sin pensar en las consecuencias...
Una hoja plateada resplandeció en la oscuridad un segundo, y luego desapareció bajo el pecho de ella.
Sus ojos lo miraban confundidos, interrogantes, buscando una respuesta; pero de su boca no salió ni una palabra, solo un leve bufido.
Él se vió en la obligación de contestar a ese interrogante sin pregunta de su mirada; “Tienes que entender que solo eres para mi, y así será a partir de ahora, ya nada ni nadie me arrebatará tu mirada. Así ha de ser.”
En la acera la lluvia y la sangre se mezclaban diluyendo la una a la otra; el silencio era sepulcral.
La muerte tiene muchas caras; también la de un loco con un cuchillo de carnicero bajo la lluvia...
Aquí os dejo un relato corto de mi cosecha. No es gran cosa pero si a alguien le puede entretener me daré por satisfecho.
Brilla el sol quemando su piel desde lo mas alto del cielo; el sudor baña su cuerpo, deslizándose suave por su torso desnudo, curtido por los cientos de días de trabajo, de duro trabajo, a la intemperie. Son las cuatro y media de la tarde y apenas mueve las hojas de los arboles cercanos la suave y tórrida brisa existente en medio de la gran llanura donde se encuentra. Está solo; sus compañeros fueron a comer, él ya lo ha hecho y el otro obrero que lo acompañó ha ido quince kilómetros al sur a buscar unas traviesas. Sólo se escucha su respiración; el chirriar de la cigarras y el suavón vaivén de la brisa en los árboles cercanos.
Por la carretera cercana hace horas que no pasa un alma. Todo está en calma; se siente aturdido por el sofocante calor y el agotamiento, pero se siente bien, en paz; es como si en este preciso momento todo encajara, todo fuera lógico por una vez en su maldita existencia. Ahora, y solo ahora lo entiende todo. Entiende el porqué lo dejó su mujer hace un año por aquel camarero del pueblo de al lado, entiende porqué su hijo le dió la espalda aquella misma semana en que su madre lo abandonaba; ahora comprende el daño que les causó a los dos; ahora, por fin, puede ver con claridad que beber cada noche tres botellas de ron no es lógico ni normal; como tampoco lo es vender cocaina a niños de corta edad para ganarse la vida, o mejor dicho para ganarse el derecho a la siguiente borrachera.
Lo abandonaron; lo dejaron solo y eso era lo que merecía. Y es ahora, justo ahora cuando entiende que el dejar de traficar en el barrio y ponerse a trabajar duro sólo fue un intento de redención de su asqueado ego; pero el pasado pesa demasiado; es imposible obviarlo y por eso está haciendo esto.
Sí, sabe que es lo mejor.
Al lo lejos suena el marchito motor diesel de la camioneta de su compañero que vuelve con el material, pero hoy ese motor suena diferente en sus oídos, es como si hubiera eco. Al igual que el sabor de la llanura en su boca tambien empieza a transformarse y cada vez es más dulzón.
Se siente agotado, le pesan los parpados. Respira profundo mientras cae arrodillado y es solo entonces cuando repara en la mancha de color rojo oscuro que lo rodea y piensa “cuanta sangre tenemos dentro”.
Nunca imaginó que el final no lo asustara, pero no tiene miedo, sólo ganas de descansar, de acabar con esta vida que lo asfixia día a día. El motor se para, y escucha a su compañero gritar....pero solo es un susurro en sus oidos. Siente latir muy lentamente su corazón; corazón que apenas tiene ya sangre que bombear por culpa del preciso corte en la muñeca izquierda que se propinó hace diez minutos con su navaja. Sabía que era el momento, solo, sin presiones, en paz.
Su compañero grita a lo lejos, pero ya no importa...todo ha acabado.




Precesión del polo Norte celeste

